Por: Ernesto Martinchuk
En nuestro país, noviembre se inicia con flores de llanto.
El Día de los Fieles Difuntos, para el cual en otros climas el otoño vuelca sus cenizas más tristes, amanece aquí, salvo escasas excepciones a lo largo de un siglo, bañado por un sol jubiloso. Los lutos resaltan en el esplendor de la mañana y en la tarde radiante. Y el paisaje parece no entender la pena de los corazones. La naturaleza sonríe cuando los hombres lloran.
Hasta los cementerios más tristes, los más pobres, los más desolados, adquieren un aspecto de jardines y en ellos es preciso bajar los párpados para que, de entre las sombras, surjan las lágrimas.
La claridad ahuyenta el temor a los muertos, a esos muertos que, como lo afirma Mauricio Maeterlinck, quieren vivir con nosotros, que debemos vivir con ellos sin tristeza y sin temor porque “ellos no piden lágrimas, sino un dulce afecto”. ¿Cómo sentir miedo en nuestra cercanía, cuando todo nos invita a decirles que sean felices en nuestra felicidad?
Con las principales corrientes de nuestro origen, nos llegó, de allí donde el Día de los Difuntos es otoñal y a veces pasa cubierto con tempranos mantos de nieve, una tradición medrosa, que a menudo nos lleva a ser injustos. Al temer a los muertos, nos alejamos de ellos. Su recuerdo no entra en nuestras casas con la luminosidad de un medio día. Les reservamos las sombras de la noche, los misteriosos ruidos, y en ocasiones creemos que pueden causarnos daño aún aquellos por los que fuimos amados.
Para respetarlos, ¿es preciso temerles? A otros tiempos corresponde la autoridad paternal basada en el miedo de los hijos. A esos tiempos corresponde también los sentimientos por los cuales sólo castigos podía esperarse de los que se habían ido, debiendo implorárseles, aún con el alma limpia, la protección que no daban espontáneamente.
Son de esos tiempos las ideas, tan generalizadas, de que a los muertos debía evocarlos en su muerte, -en su inmovilidad, en su silencio- y no en su vida, con sus voces y sus miradas, con el calor de sus manos y la jovialidad de sus risas.
Cuentos y leyendas de camposanto, luces malas y ánimas en pena, contribuyeron a mantener en nuestro país, y lo conservan todavía en algunos ambientes, el terror a los muertos, evocados siempre, en cambio, desde los orígenes de la nacionalidad como una fuerza comunicativa de vida por quienes, al refugiarse en su memoria, buscaron el ejemplo y el estímulo. Con el correr de los años, el miedo se ha ido disipando de muchos ánimos.
No significa esto que el dolor ante la pérdida de los seres queridos sea ahora menor que antes. No es una frivolidad lo que ha ganado los espíritus, sino una serenidad. La separación es siempre desgarradora, pero ya no son los muertos algo así como los antiguos dioses irascibles, a los que intentaban aplacar con sacrificios los pueblos en que eran venerados. Los muertos son nuestros amigos si sabemos merecer su amistad, si nos comportamos rectamente con ellos al mantener en nosotros mismos la línea recta, al no traicionarlos rompiendo los compromisos que contraemos con ellos.
Siempre en la muerte encontrará la filosofía los grandes temas para sus profundas meditaciones y hallará en la muerte la poesía, la inspiración para sus cantos más hondos, porque nada conmueve el alma de la humanidad como el abismo de lo desconocido.
La muerte, sí. Pero no los muertos. “Pensemos -nos aconseja Maeterlinck- que están en un país al que todos iremos un día. El recuerdo de los muertos, -añade- es más fuerte que el de los vivos. Es como si estuvieran tratando por su parte, en un esfuerzo misterioso, de unir sus manos con las nuestras. Llamad a vuestros muertos, -nos insta el poeta- llamadlos antes de que sea muy tarde, antes de que estén muy lejos. Vendrán y se acercarán a vuestro corazón. Os pertenecerán como antes. Pero ahora serán más bellos, más puros…”
Durante la primera mitad del siglo XX, era habitual que los familiares visitaran las tumbas y los mausoleos de sus seres queridos en los cementerios. También se realizaban misas especiales para recordar a las personas fallecidas, en el marco de la conmemoración del Día de los Muertos.
En el norte argentino, especialmente en Salta y Jujuy, la fecha tiene una presencia cultural significativa. Para distintas comunidades andinas originarias, la muerte no representa necesariamente un final, sino una transformación. Por eso, las ceremonias y los encuentros familiares buscan preservar el vínculo entre quienes permanecen en el mundo de los vivos y aquellos que ya partieron. Las tradiciones comparten una idea central: recordar a los seres queridos y mantener vivo el vínculo con quienes ya no están.
Vivirán con nosotros. Nos acompañarán a toda hora, dichosos. Cuando alguna vez nos sorprendamos entonando los mismos cantos que ellos entonaban, serán ellos los que estarán cantando en nuestras voces. Sus sombras no son más densas que las de un cuarto en el que alguien se ha quedado dormido…
