domingo, 1 de marzo de 2026

Lecciones de Múnich para la Argentina y su inserción internacional

   

              Por  Francisco de Santibañes

De regreso de la Conferencia de Seguridad de Múnich, queda una impresión clara:
el sistema internacional ha entrado en una etapa de geopolítica dura. La rivalidad
entre grandes potencias, la fragmentación tecnológica y la seguridad de las cadenas
de suministro dejaron de ser hipótesis académicas. Son, hoy, la nueva normalidad.

En las reuniones privadas, el discurso del secretario de Estado estadounidense,
Marco Rubio —llamando a fortalecer la relación entre su país y Europa—, fue recibido
con escepticismo por muchos interlocutores europeos. Más allá de las diferencias
nacionales, la impresión dominante es que la decisión estratégica de
avanzar hacia una mayor autonomía europea ya está tomada. No necesariamente
contra Estados Unidos, pero sí con la convicción de que la fragmentación del sistema
internacional obliga a Europa a reforzar su capacidad de decisión en defensa,
tecnología y energía.

La conferencia —que contó con la presencia de 42 jefes de Estado y de Gobierno,
120 ministros y 46 líderes de organizaciones internacionales— se ha transformado
en un verdadero ecosistema diplomático. Entre los participantes se encontraba el
argentino Rafael Grossi, presidente del Organismo Internacional de Energía Atómica
y candidato a secretario general de las Naciones Unidas. Junto a él participaron
por la Argentina el canciller, Pablo Quirno, el ministro de Defensa, teniente
general Carlos Presti, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, vicealmirante Marcelo
Dalle Nogare. Cabe destacar que entre los jefes de Estado y de Gobierno presentes
no hubo ningún latinoamericano, una ausencia que revela la escasa presencia
regional en el principal foro global de seguridad.

Esa ausencia es una oportunidad perdida. El mundo está pasando —para bien o
para mal— de foros de diálogo económico centrados en la cooperación desde una
perspectiva empresarial, como el World Economic Forum, hacia foros de seguridad
estratégica, de los cuales la Munich Security Conference es el principal. La
agenda internacional ya no gira solo en torno a la búsqueda de eficiencia económica,
sino a la seguridad, la resiliencia y la rivalidad entre potencias. No estar presentes
en estos espacios implica perder capacidad de influencia en el momento en
que se redefinen las reglas del sistema.

Múnich dejó varias conclusiones estratégicas. La guerra en Ucrania consolidó la
idea de que Europa entra en una economía de defensa permanente. La competencia
tecnológica —semiconductores, inteligencia artificial, reactores nucleares,
satélites, ciberseguridad— será el núcleo del poder en la próxima década. La transición
energética se redefine como cuestión de seguridad nacional, con foco en
minerales críticos y resiliencia de redes. Y la globalización no desaparece, pero se
regionaliza: cadenas de suministro más cortas, alianzas tecnológicas selectivas y
diplomacias económicas más activas.

En este contexto, el llamado “sur global” aparece como espacio de competencia
estratégica. África, el Indo-Pacífico y América Latina son vistos como territorios
de influencia, inversión y alianzas. Para nuestra región y la Argentina en particular
esto implica una doble realidad.

Por un lado, la geopolítica crea riesgos. Nos coloca en medio de la rivalidad entre
grandes potencias —principalmente, entre Estados Unidos y China— en un contexto
regional atravesado además por el crecimiento del crimen organizado y la
fragilidad institucional. No somos protagonistas del conflicto, pero sí parte del
tablero.

Por otro lado, abre oportunidades extraordinarias. Tanto los países centrales
como las multinacionales buscan reducir su riesgo geopolítico. Para ello, miran
hacia economías distantes de los principales focos de conflicto, ubicadas en zonas
de relativa paz y fuera de las líneas tradicionales de navegación estratégica. Países
como la Argentina pueden convertirse en socios confiables en energía, minerales
críticos y alimentos. En ese contexto, no solo crece la demanda: también crece la
disposición a pagar primas por seguridad de suministro y previsibilidad institucional.

Comprender este cambio de época es fundamental para que nuestros líderes disminuyan
los riesgos de conflicto y aprovechen las oportunidades. La nueva geopolítica
exige estrategia nacional, política exterior profesional, dinamismo económico
y capacidad estatal. Por ejemplo, los beneficios del crecimiento argentino
seguramente se vean con mayor claridad en el interior del país —en particular, en
las provincias productoras de minería, energía y alimentos— y, para alcanzar un
desarrollo equilibrado, será clave invertir en educación e infraestructura.

Una tarea pendiente para los latinoamericanos y argentinos en particular es transmitir
mejor la complejidad de nuestra identidad internacional. Existe en Europa la
tendencia a ubicarnos automáticamente dentro de un “sur global” homogéneo.
Pero, si bien nuestras economías se han acercado a Asia —y a China en particular—,
nuestra historia, instituciones políticas y cultura jurídica son parte de Occidente
y, por lo tanto, están más próximas a la tradición de la alianza transatlántica.
Comprender esa tensión es esencial para diseñar una estrategia exterior realista.

Finalmente, una lección adicional de Múnich merece ser subrayada. Más allá de
quién gobierne en Estados Unidos —sea Donald Trump, los demócratas u otro republicano—, hay un elemento de la nueva estrategia de seguridad estadounidense que probablemente continuará: la centralidad del hemisferio occidental y, por lo
tanto, de América Latina en su política exterior. La competencia con China, la seguridad
de las cadenas de suministro, el control de rutas marítimas, la energía y
la migración obligan a Washington a mirar nuevamente hacia su vecindad estratégica.

Para la Argentina y la región, esto implica tanto mayor presión geopolítica
como una oportunidad para redefinir su inserción internacional.
Pero una estrategia clara también requiere ampliar el mapa mental de nuestra
política exterior. Más allá de la centralidad —obvia— de Estados Unidos, China y
la Unión Europea en nuestros debates, hay actores con los que tradicionalmente
nos hemos relacionado poco y que hoy son clave. Los países del Golfo, por ejemplo,
pueden convertirse en socios decisivos como inversores: la magnitud de sus
fondos soberanos y de desarrollo, sumada a la sinergia natural entre sus necesidades
(seguridad alimentaria, energía, activos reales, proyectos de infraestructura)
y nuestras ventajas comparativas, abre un espacio concreto para una diplomacia
económica más ambiciosa. El Sudeste Asiático, a su vez, aparece como destino
prioritario para nuestras exportaciones en un mundo donde la demanda de alimentos,
energía y minerales críticos seguirá creciendo y donde las cadenas de
suministro se reorganizan por motivos de seguridad. Identificar a tiempo estas
oportunidades —y construir vínculos políticos, comerciales y logísticos consistentes—
es y será un desafío para la política exterior argentina.
Para la Argentina, la lección de Múnich es evidente. En un mundo de competencia
estructural, tener una estrategia se vuelve indispensable. Debemos combinar
realismo económico con claridad política: profundizar vínculos donde sea conveniente,
sin renunciar a nuestra tradición occidental. Esa síntesis es la única base
sobre la cual la Argentina puede recuperar relevancia internacional y contribuir a
la estabilidad de un orden global cada vez más exigente.

Publicado en Comentarios Estratégicos N.º 45, FEBRERO 2026.

No hay comentarios.: