lunes, 25 de octubre de 2021

Alfonsina perdurará siempre en la memoria



     Por Ernesto Martinchuk

En la mañana del 25 de octubre de 1938, varios obreros de la Dirección de Hidráulica trabajaban en la construcción de un espigón frente al local del Club de Mujeres, en la playa La Perla de Mar del Plata, cuando vieron que a unos setenta metros de la escollera y como a unos doscientos de la orilla un cuerpo flotaba en las aguas.

Antes de que llegasen las autoridades policiales y las de la Subprefectura Marítima, los señores Oscar Parisi y Atilio Pierini, se arrojaron al mar para rescatar el cadáver. Nadando, lo condujeron hasta la costa. Era el cuerpo de una mujer. En su cabeza brillaba con extraños reflejos la cabellera plateada, dispuesta en una pequeña melena.

Llevado a la morgue, su identificación fue cosa de momentos. En ese cadáver tendido sobre la igualitaria mesa de mármol se reconoció a Alfonsina Storni. La congoja de quienes dijeron: “Es ella”, no tuvo su raíz en el golpe brutal de su sorpresa, en el duro choque contra lo imprevisto, porque quienes pocos días antes la habían visto llegar a Mar del Plata y atraídos no sólo por la gloria de su nombre sino también por la subyugante simpatía de su personalidad se acercaron a ella, pudieron advertir que había sombrías en su mirada otrora luminosa, que un pesado desaliento se apoyaba en sus hombros.

La vieron pasear sola por ramblas y escolleras. Devolvía, como siempre, los saludos que se rendían a su paso como un homenaje de admiración y de cariño. Pero no se detenía, como otras veces, a conversar con el pescador, con el marinero, con el pescador, con la jovencita que llevando bajo el brazo un libro de versos, buscaba descifrar junto a la presencia eterna del océano, los grandes misterios de la poesía y de la vida. Alfonsina sonreía con una sonrisa triste y seguía de largo. Algo muy grave, algo hondamente penoso se debatía en su espíritu, para que la maravillosa artista de la palabra no hiciera el regalo de su voz a quienes lo esperaban.

Seis días hacía que había llegado a Mar del Plata. Con inquietud muchos observaron sus andanzas por el parque San Martín, en la primera parte de cada tarde. Si en el hotel de la calle Tres de Febrero, donde se alojó, hablo con alguien, fue para tener con quien dialogar sobre el tema que, de fijo, era en esos momentos el más insistente en sus monólogos interiores: el del suicidio.

El día 16, en su recreo del Tigre, se había encontrado con Margarita Abella Caprile. Ese mismo día se publicaba su “Romancillo cantable”, en el que dos de sus versos eran un trágico anuncio: “Para fin de septiembre -cuando me vaya…” Septiembre había pasado, pero sin disipar la creciente sombra. Le había dicho a la poetisa amiga en aquel último encuentro: “Margarita: si usted cree en Dios, rece por mí”. Allí, en el Delta, preguntó por la causa del suicidio de Leopoldo Lugones. Y habló del mar como de una salvación…

Quisiera una tarde divina de octubre pasar por la orilla lejana del mar…

Y fue en octubre, en una tarde divina de octubre, cuando Alfonsina paseó por última vez por la orilla. Luego volvió al hotel. Despacho dos piezas de correspondencia. Cerca de medianoche habló con el doctor Serebrinisky, que la atendía. Ella habló de su deseo de matarse. El médico no pudo sorprenderse: otras veces había escuchado las mismas palabras. Dijo ella: “Hasta mañana”, como quién podrá reanudar el diálogo al día siguiente.

Ya sola en su habitación, habrá pensado, como en su poema: “Yo soy la mujer triste -a quien Caronte ya mostró su remo”. Con tinta roja escribió, sencilla, trágicamente, en un papel grande, en un papel cualquiera: “Me arrojo al mar”.

Desde ese instante la biografía de Alfonsina Storni, es un territorio sólo penetrable por la fantasía de un poeta. Su paso menudo, en la soledad de la noche marplatense. La cabeza gacha, un poco inclinada hacia un lado. Avanzó en dirección a La Perla sin mirar hacía atrás. Anduvo, mar adentro, por el espigón. Miró la inmensidad oceánica, el cielo estrellado, la tiniebla en que se prendía el horizonte. Oyó el gran rumor…

Todo eso lo sabemos: es lo mecánico, lo lógico. Pero sólo una voz como la de Alfonsina Storni podría revelarnos su hondo secreto.

Voy a dormir…

Dientes de flores, cofia de rocío,

Manos de hierbas, tu, nodriza fina,

Tenme prestas las sábanas terrosas

Y el edredón de musgos escarnados.


Voy a dormir, nodriza mía; acuéstame,

Ponme una lámpara a la cabecera;

Una constelación, la que te guste;

Todas son buenas; bájala un poquito.


Déjame sola: oyes romper los brotes…

Te acuna un pie celeste desde arriba

Y un pájaro te traza unos compases


Para que olvides… Gracias… Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido…

Encerrada en su pieza de hotel en Mar del Plata, Alfonsina Storni escribió, este hermoso poema, como homenaje a quien tuvo una de las más altas representaciones del espíritu argentino. En “Voy a dormir…”, la ilustre autora de “La inquietud del rosal” dijo sus últimas palabras. Estos versos, destinados al mundo como un desgarrado mensaje, son el canto postrero de la que ya había decidido sumergirse en las olas y en las sombras.

No es posible leerlos otra vez sin sentir la profunda congoja que oprimió los pechos aquel 26 de octubre de 1938, en que vieron la luz, cuando, desde horas antes, los claros, los vivos, los luminosos ojos de Alfonsina, se habían cerrado para siempre. Unida está la emoción de este poema a la sensibilidad de los que amaron la maravillosa presencia humana que fue la artista y a la de quienes sintieron desde lejos su influjo poderoso. Unida está también al corazón de las generaciones nuevas, que en su afanoso descubrimiento del mundo se asoman a la obra imperecedera de la mujer que hasta de su último dolor -el de la despedida- hizo belleza…

“Voy a dormir…” vale no sólo por lo que representa como reflejo de una hora decisiva en la existencia de la artista, sino también por la gracia de todos y cada uno de sus versos. Frente a la muerte, resuelta ella a no ser la alborada de un nuevo día, el genio de Alfonsina conservó la plenitud de su conciencia estética. También por su mérito literario, “Voy a dormir…” es un poema inolvidable.

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